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Soledad. Una mala compañía...

Enviado por Darkleen el 09/05/2008 a las 05:55 PM


La soledad es la ausencia de un vínculo afectivo profundo con otra persona. El solitario siente que nadie le aprecia ni comprende, que ninguna persona se interesa por su vida y sus problemas, aunque esté rodeado de una multitud.


AMALIA NOVATTI

http://www.mujeractual.org/demujeramujer/articulos/13.html

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¿Qué es?

    La soledad es la ausencia de un vínculo afectivo profundo con otra persona. El solitario siente que nadie le aprecia ni comprende, que ninguna persona se interesa por su vida y sus problemas, aunque esté rodeado de una multitud. La soledad no elegida es uno de los peores enemigos de la estabilidad psicológica y emocional. Constituye un gran problema muy en auge en la actualidad , sobre todo y paradójicamente, en las grandes ciudades.

¿Qué provoca?

    Aislamiento emocional, que puede estar causado por problemas de carácter o por circunstancias vitales no deseadas que frustran (muerte de la pareja, traslado, etc.). La soledad suele generar sentimientos de insatisfacción y ansiedad que pueden desembocar en depresión o adicciones de todo tipo.

¿A quién afecta?

    Es más habitual en la adolescencia (el temor a un mundo y a unos cambios físicos que no se comprenden ni se controlan, lleva a muchos jóvenes a la introversión) y en la vejez, cuando se han perdido a muchos seres queridos y hay pocas posibilidades de iniciar actividades sociales y laborales nuevas. Sin embargo, hoy en día, toda la franja intermedia entre los dos extremos, también puede sentirse amenazada por el fantasma de la soledad.

Factores que la favorecen

    El desarraigo, el cambio frecuente de domicilio (que implica cortar lazos con familiares, amigos y conocidos), una larga enfermedad, una pérdida afectiva (el abandono de la pareja, la muerte de los padres o de los amigos), la forma de la vida de las grandes ciudades (relaciones más frías y menos íntimas que en las poblaciones pequeñas), el aumento de los divorcios y las separaciones, el auge de los valores individualistas, la ambición laboral desmedida, las profesiones solitarias, la competitividad, la recesión, falta de trabajo, etc, etc. La lista podría extenderse demasiado...

¿Cómo perjudica?

    Con el paso del tiempo, la persona aislada socialmente tiende a volverse insegura y con baja autoestima, torpe en las relaciones, propensa a dar respuestas defensivas, egocéntrica (habla de sí mismo sin escuchar al otro), huraña y un poco agresiva. Cada vez le resulta más difícil relacionarse.

¿Cómo superar....la soledad?

    Conocer gente parecería ser el remedio indicado; pero...¿cómo?. Una buena alternativa para propiciar las relaciones sociales es no dejar de aprovechar ninguna de las ocasiones de que se dispongan para conocer gente, asistiendo a reuniones y fiestas, viajando en grupo, haciendo cursos de poesía, pintura, inglés, asociaciones de karate, cocina o bailes de salón. Concurriendo a bares, discotecas, pubs, bibliotecas, shows,museos, ferias, conciertos, fiestas populares, inauguraciones, conmemoraciones, conferencias, etc. Y, ¿por qué no, colaborando en actividades comunitarias de tipo cultural, deportivo o festivo, haciéndose voluntario en una ONG (Organismo No Gubernamental). La lista, también acá, puede ser extensa; todo depende de las ganas y de la imaginación.

    Otra alternativa es la convivencia con un perro, gato u otro animal doméstico; los beneficios psicológicos son, además, muchos: estimula a la persona, al ayudarle a expresar los sentimientos que reprime, y suple la falta de contacto e interacción humana positiva. También contribuye a potenciar la empatía y mejorar las habilidades sociales. Las mascotas pueden desempeñar el papel de un miembro ausente de la familia, reemplazando a los hijos que se han ido o no se han tenido, a un hermano pequeño o compañero de juegos o al ser querido mayor que ha fallecido.

    Por último, aunque no por ello de menor importancia, está la posibilidad de conocerse para cambiar, y para ello, una terapia es recomendable. Mediante ésta se puede llegar a cambiar la percepción negativa que la persona tiene de sí misma, creando una auto confianza que le impulse a abrirse y analizar las ideas, acciones y emociones que le generan malestar, como asimismo, la exposición progresiva a las situaciones que se evitan (ir a fiestas, apuntarse a un viaje organizado), para aprender gradualmente a controlar el temor social.

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EXTRAÑOS EN EL PARAÍSO

Enviado por el 09/05/2008 a las 06:31 PM
Adolfo Vásquez Rocca

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Por Adolfo Vásquez Rocca el 09/05/2008 a las 06:24 PM

Adolfo Vásquez Rocca

 

El hombre, sujeto de alta permeabilidad, disponiendo de innumerables horas, protagonista de proezas e intempestivas historias es un ser que permanece fiel a un arcano que no ha elegido, la certeza de partir o de ser abandonado en la muerte, allí donde sin saber si respecto a su íntimo complementador será el primer o segundo arribante, allí este fugitivo de la normalidad cósmica, sobreviviente de una historia de separación radical, necesitará de un particular entrenamiento, del entrenamiento más importante para el ser humano, a saber, aquel necesario para soportar la partida de los próximos más queridos, sobrevivir a la pérdida del compañero íntimo, el abandono del “complementador imprescindible”. El ser humano es el animal que ha de esperar y sobrevivir a las separaciones de sus próximos, el que ha de fundar el culto a sus antepasados y hacer el duelo por la pérdida del amado.

 

En estos cultos hay algo mas allá de una praxis religiosa-existencial o de una tradición instauradora de memoria, un sentido que alcanza una dimensión esferológica; el recuerdo de los muertos y el duelo libera procesos creadores de espacios de proximidad, donde puede rehacerse la esfera psíquica rota por la desaparición del otro importante, restaurando simbólica y emocionalmente la íntima burbuja de coexistencia1. Así las historias amorosas y las comunidades solidarias no son sino la creación de espacios interiores para las emociones escindidas.

 

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Pertenece al drama de la vida el que siempre haya que abandonar espacios animados, en los que uno esta inmerso y seguro, sin saber si se va a encontrar en los nuevos un recambio habitable. La vida humana es así una crónica de las separaciones en el transcurso de una una historia siempre en marcha.

 

Así pues, el melancólico sería, en principio, un doliente como cualquier otro, sólo que la pérdida que le habría afectado iría más allá de las separaciones usuales entre los seres humanos. Sería el genio (íntimo) o el dios íntimo el que se habría perdido en un ocaso (de los dioses) individual, y no sólo un amante o un familiar profano; el duelo por la perdida de un ser humano querido (un ser amado) sólo adoptaría también rasgos de melancolía cuando éste hubiera sido a la vez el genio del individuo abandonado, el partner y receptor de una atención dirigida sólo a él.

 

Con ocasión de la pérdida del genio, como con ocasión de la de un compañero íntimo, ocurren defunciones psicológicamente reales y, en cuanto tal, objetivas, y lejos de poner en juego la realidad de un caso frente a la irrealidad del otro, la tarea de una psicología que sepa algo (tenga noticia) de leyes esferológicas (y espacios íntimos de cobijo) es fundamentar psicodinámicamente la equivalencia entre la pérdida de un genio2, a la perdida del “animador íntimo”, no sólo a un otro entrañable, es decir, a otro ser humano, sino también a la pérdida de aquello que nos anima, aquello que como vocación ha sido atesorado como nuestro puesto en el mundo, esto sucede, casi indefectiblemente con la perdida del empleo, la desazón y deriva profesional que también acontece con la jubilación, el alejamiento siempre ingrato de una institución que nos acogió y a la que entregamos nuestro vigor y ofrendamos nuestros mejores años, el término marchito de la vida útil y el advenimiento de la caducidad en el plano de las actividades vitales y productivas, no puede ser vivido, sino como una pequeña muerte. Allí también tiene lugar un duelo, un des-aliento que nos repliega en las lúgubres recamaras de la melancolía.

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La melancolía encarna la convicción del “no ser más” de nuestro genio,  de nuestro complementador, abandonándose sin reservas a la creencia de ser abandonado por su promotor. En una paráfrasis cartesiana diríamos no se piensa más en mí, luego no soy. Pareciera pues que la disposición depresiva o melancólica es una huella psíquica de un caso individual de ocaso de los dioses. Ocaso de los dioses propios, es decir, aquellos que soplan sobre nuestra alma infundiendo aliento [de vida], inspiración.

 

La melancolía representa también la patología del exilio en toda su pureza: el empobrecimiento del mundo interior por la privación del territorio que lo anima. Así, continua Sloterdijk, el melancólico “sería un herético de la creencia en su buena estrella; un ateo con relación al propio genio o al doble invisible que le hubiera tenido que convencer de la ventaja insuperable de ser el mismo y ningún otro”. Porque en la melancolía existe la creencia de estar abandonado por este genio íntimo, agrega Sloterdijk, el sujeto abandonado contesta con la más profunda desazón a la experiencia de un fraude metafísico: haber sido conducido a la vida por el íntimo y gran otro, para ser abandonado después por él a mitad de camino.

 

Así la herida que se acaba de sufrir, un fracaso sentimental, o profesional, tal pena o duelo que afecta nuestras relaciones con el prójimo son a menudo el desencadenante, fácilmente identificable de nuestra desesperanza vital.3 Una traición, una enfermedad fatal, un accidente o cualquier desgracia imprevista que nos abruma en la constante avería de lo cotidiano- y que nos arrancan repentinamente de esa categoría que nos parecía lo normal, esto es, lo de gente normal, instalándonos repentinamente en otra vida.

 

Una vida insufrible, cargada de penas cotidianas, de tragos amargos, de desconsuelo solitario, a veces abrasador, otras incoloro y vacío. En suma una existencia sin vigor aunque en ocasiones exaltada por el esfuerzo realizado para continuarla, dispuesta a naufragar a cada instante en la muerte. Muerte venganza o muerte redención, será en lo sucesivo el umbral interno de nuestro agobio, el sentido imposible de esta vida cuyo peso nos parece a cada momento insostenible, excepto en los momentos en que nos movilizamos para encarar el desastre.

 

Una de las formas en que podríamos encarar el desastre es a través de la muerte de amor, pero las sociedades modernas prohíben este tipo de muerte elegida sobre la base de buenos motivos sistemáticos (en caso de que los motivos sistémicos puedan ser buenos), porque denuncian la traición que hacen al destino universal humano los que mueren unidos: mientras que todos los individuos corrientes han de llevar hoy la vida de alguien que mañana podría ser abandonado, los cómplices de una muerte de amor, los prometidos, atentan contra la ley que dice que tampoco los aliados íntimos conjuran lo temporal sincrónicamente. Quienes mueren juntos no solidarizan con el esfuerzo del mundo compartido, sin que le haya sido declarado como mandamiento explícito: el de soportar el peso del mundo aun cuando le haya dejado sólo con la carga el compañero más importante.

 

En virtud de la fusión anímico-espiritual de las esferas en el microcosmos íntimo imprescindible”, inexorablemente provocará un desgarro y una herida insufrible, un sentimiento de desamparo, abandono y soledad. Sólo comparable al sentimiento del apátrida, del exiliado de su tierra, del expulsado del paraíso.

 

 

 

Adolfo Vásquez Rocca

adolfovrocca@gmail.com


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Adolfo Vásquez Rocca PH. D.

adolfovrocca@gmail.com










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